domingo, 8 de noviembre de 2015

El níscalo


Da igual buscar o no buscar. Rebuscar con un palo también puede valer pero solo para entretenerse, para aparentar que vas a encontrar algo. Seamos realistas, el níscalo no se encuentra, el níscalo se presenta ante ti cuando le da la gana como diciendo: aquí estoy yo y si quieres ponerme en la sartén, te agachas.

En realidad da lo mismo porque lo verdaderamente importante es el camino, el paseo por el campo, concentrarte en esa búsqueda caprichosa al aire otoñal de los pinos, sentir el crujir de las púas resecas al pisar, la mente despierta y serena, atenta dentro y fuera a un tiempo, escuchar el zumbido de una mosca y otros bichos campestres al sobrevolarte muy de cerca. De cuando en cuando, sentir tu nombre a lo lejos y, al girarte, sonreír al ver esa figura regordeta, esas piernas enfundadas en unas oscuras mallas porque, para ella, la estética nunca tuvo sentido, no si el sacrificio era la renuncia a la comodidad y al estar a gusto. A esa llamada y al gesto de la mirada le sucedía el acto de la contemplaión del hallazgo, allí las dos, seguido de una conversación insulsa y necesaria sobre cómo cortar y limpiar el níscalo y colocarlo para evitar que se estropeara, que se sobreponía a otra más intimista y cómplice en que no hacía falta cruzar ni una sola palabra.

Como el níscalo solo se presentara muy de cuando en cuando, pese a las batidas que dábamos al terreno, la una por un lado y la otra por otro  -separadas pero siempre cerca- pasado un rato de búsqueda infructuosa cuestionábamos si estábamos en el lugar adecuado ya que abundaban las setas de todo tipo menos de la clase que buscábamos. Y entonces decidíamos coger el coche y subir un trecho más monte arriba con la ilusión y el convencimiento de que en la siguiente parada los encontraríamos a puñados.

De trecho en trecho y de níscalo en níscalo, cansadas de tentar el monte acabamos en el pueblo, contentas al advertir que los escaparates de las panaderías se veían adornados de bandejas repletas de huesos de santos y buñuelos de viento y que, por aquí y por allá, menudeaban puestecillos donde se vendían calabazas, pimientos rojos y amarillos y algún que otro níscalo que echar a la sartén.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Pintan bastos


Juana la Loca velando el cadáver de Felipe el Hermoso.  (Francisco Pradilla. 1877)
Si lo sé no me formo. Si lo hubiera sabido no habría escrito aquello. Luego devino una sucesión de acontecimientos que culminó cuando le di a la tecla de enviar de gmail y posteriormente me comí unas acelgas y una buena raja de sandía, por aquello de mens sana in corpore sano.  Asunto concluido.

El pasado julio, después de haber estado unos días fuera, me desperté sobresaltada, o me despertó la que sueña, para recordarme que tenía pendiente el trabajo de un curso que había hecho a principios de mes. Quedó el asunto  en mi conciencia en stand by  hasta que la que sueña se levantó dos días después con la estructura del trabajo, las actividades, etcétera, poniéndome las neuronas patas arriba y dijo: hoy. Y me puse a darle a la tecla mientras pensaba que más me valdría estar chapoteando en una piscina, ya que no tengo el mar cerca, en lugar de pasar mi tiempo entre  objetivos, contenidos, metodología…. y tururú tururú. Y en realidad, fue ese pensamiento el que me hizo escribir aquel comentario. Y enviarlo.

Al día siguiente, nada más despertarme, acerqué el iPad y abrí el correo. Allí estaba. En principio todo bien, bien, bien, y al final me dio la risa y solté el iPad. ¡Qué cuadro! Oh, my God!

¡Qué poca empatía, qué luces y sombras desprendía la parte final de aquella respuesta que me devolvía!  Hija, ¿es que no podías haber enviado  el trabajo y dirigido unas cuantas palabras amables, en plan peloteo, que estimularan el ego de aquel individuo, que  siempre vienen bien y quedan tan aparentes, y dejarte de sugerencias? ¿Lo que en resumidas cuentas hace la mayoría? ¿Es que no estaba clarísimo que allí lo que había que destacar era la calidad del curso, excelente e inmejorable, y dejarse de memeces de quejas que enturbiara nada?  Pues no,  que si es injusto, que si su actitud es displicente y cortante, que si  ante cualquier inconveniente zanja el asunto y os trata como niños... bla, bla, bla. ¿No estaba claro que se mosquearía? ¿pero qué se puede esperar de un tipo que a las 9:30 de la mañana te suelta un libraco de tres kilos y medio sabiendo que vas a tener que cargar con él durante 4 horas de caminata ininterrumpida en lugar de dártelo al acabar la jornada?  ¡Ojo!, envuelto en celofán, que no íbamos a usarlo, que era un detallito.

Hace poco le decía a alguien que si no nos pasaran cosas, la vida sería tan plana que no tendría sentido, que pasar por según qué circunstancias resulta duro, pero al final merece la pena, si ya no por nosotros, por los que vengan detrás. Y si hay que pagar un precio, se acepta y se paga, como dijo Luis Antonio cuando subió al blog la foto de aquella chica tan guapa que había encontrado en Internet.

Y después de hacer esa reflexión la casualidad quiso que me encontrara con esta cita de Aldous Huxley de Brave New World:

La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza

Y añado: ¡y qué felicidad da el reposo después de la batalla! Creo que los hechos sucedieron en ese orden, que primero lo comenté con alguien y después leí la cita  de Huxley, pero ni siquiera estoy segura de ello. Igual fue la cita la que me llevó a identificarme con el pensamiento. Sea como fuere lo importante es que me conforta y cuando en ocasiones me pregunto ¿qué pinto yo aquí?, como no tengo respuesta clara, me digo: pues algo pintarás.

viernes, 20 de marzo de 2015

Ciruelos

Otra vez el ciruelo. Hay ciruelos y ciruelos, no cabe la menor duda. Últimamente cada día me topo con dos ciruelos diferentes. Yoy de uno a otro, como de oca a oca y tiro porque me toca. Le das los buenos días a un ciruelo según te levantas por la mañana y a las dos horas estás saludando a otro ciruelo. Es lo agridulce de la vida, el haz y el envés. Vayamos por partes en este asunto de la ciruelología, sigamos al DRAE y distingamos acepciones. Llamémoslas A y B.

Ciruelo A: Árbol frutal de la familia de las Rosáceas, de seis a siete metros de altura, con las hojas entre aovadas y lanceoladas, dentadas y un poco acanaladas, los ramos mochos y la flor blanca. Su fruto es la ciruela.

Ciruelo B: Hombre muy necio e incapaz.

Sobre el ciruelo A tengo poco que objetar, todo son parabienes. Yo leo sobre él y digo, si…, si…, si…, como cuando corrijo ejercicios y está todo bien. El ciruelo A siempre está ahí, sabes a qué atenerte, que te deleitará con sus bellas flores blancas y que dará su fruto según lo esperado, con el que podrás hacer mermelada –si consigues unas cuantas. Todo el mundo sabe esto, al menos todo el que pasa por este blog (me refiero a lo de hacer mermelada con una cuantas ciruelas, creo que el año pasado, puestas en fila, eran siete, este año puede variar el número y la distancia a que me encuentre, ya veremos, de momento está cuajadito de flores). La variedad de formas que puedan tener sus hojas o lo mocho de los ramos del ciruelo podrá gustar más o menos pero es relativamente poco importante. 

Nada que ver con el ciruelo B, que el diccionario define como necio, que a su vez significa – y es importante dejar constancia de ello- ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. 

El ciruelo B se mueve, no es algo fijo al terreno, es decir, un mismo ciruelo, siendo único y personal, te lo puedes encontrar aquí ahora y allí después, sin que ningún indicio previo te haya advertido de su ubicuidad y coincidencia con lugares en los que tú puedas estar. Además, como quieras evitarlo por cualquier razón, aunque ésta sea muy buena, la probabilidad de que te lo encuentres es mucho mayor. Esto último se lo debemos a Murphy. Está relacionado con la tostada con mermelada –si es de ciruela siempre será de ciruelo A- que se cae de aquella manera tan fastidiosa para el que estaba a punto de comérsela y que, vaya casualidad, casi siempre resulta ser un ciruelo B. ¡Qué cosas! Este ciruelo B, frustrado por haber desayunado solo un café, nunca estará a la altura del A, ni sus mejores manipulaciones le librarán de quedar a la altura del betún. Para finalizar, el ciruelo B, aunque coincide con el ciruelo A en ser muy variable en sus formas, nunca da flor, lo que no impide que, según los días, despida olor. Suele andarse por las ramas porque desconoce el camino, es difícil saber lo que te espera si estás cerca -prepárate para una de sus cirueladas- y solo dará frutos interesados. Si pudieras, al ciruelo B lo colgarías del ciruelo A, cual adorno de Navidad o espantapájaros, con un mocho de fregona en la mano ondeando al viento. 

¡Mandan ciruelos!

martes, 23 de diciembre de 2014

Entre Guisillos

Ilustración de Sir Quentin Blake
Mientras enredaba entre perolos esta mañana intentando aclararme si a los higaditos esta vez les iba a echar brandy u oporto y calculaba si aún quedaría algún tarro de mermelada caserita de fresa para acompañar aquel manjar, aparecían ante mi vista diminutas estrellitas de color rojo y blanco por la zona de la mepamsa que alternaban con otras de oro, incienso y mirra cerca del microondas, al tiempo que tres camellos con las alforjas llenas caminaban en fila india por la encimera impasibles y decididos a saltar por encima de unas zanahorias recién peladas para abrevar en el fregadero derecho, donde había dejado blanqueándose unos champiñones en agua de limón. Me recompuse dentro del delantal, con las dos manos me atusé el pelo y lo coloqué detrás de las orejas, cogí la varita que tenía colgada detrás de la puerta entre las pinzas de la ropa y la bolsa de pan duro -toqué, había para una buena sopa-  y elevándola hacia el azul del techo, conjuré: ¡¡ven aquí, Roald Dahl!!

Mother Christmas
(Un poema de Roald Dahl)

"Where art thou, Mother Christmas?
I only wish I knew
Why Father should get all the praise
And no one mentions you.

I'll bet you buy the presents
And wrap them large and small
While all the time that rotten swine
Pretends he's done it all.

So Hail To Mother Christmas
Who shoulders all the work!
And down with Father Christmas,
That unmitigated jerk!

Gracias, Roald Dahl. Se nos verá el plumero, pero tenemos un par de huevos.

Os deseo a todos una Feliz Navidad y esta entrada se la dedico, de forma especial, a mi amiga Mariola.

viernes, 12 de diciembre de 2014

ESO es poesía

Sostenía la hoja de papel en la mano de forma ostensible. Aquello era una novedad así que no dije nada.  Mientras leyera con tanto interés daría un respiro a los compañeros sentados delante y detrás de él, y a mí también, dicho sea de paso. Al cabo de un rato me había olvidado de aquel papel pero volvió a adquirir protagonismo justo en la guardia que tuve con ellos en la hora siguiente. Les di el trabajo que tenían que hacer y  saqué un taco de exámenes que había llevado para corregir. Acababa de empezar cuando Alejandro se acercó a mí. Alejandro es un chico inquieto, atento a lo que pasa a su alrededor y en el meollo de los asuntos cuando los hay y, ese día, lo había.  Es resultón, tiene unos espabilados ojos verdes que miran la vida con curiosidad y una raya haciendo eses le divide el pelo mojado y repeinado en dos partes desiguales. Las pecas dicen todo lo demás.

Como decía, se acercó a mí mostrándome algo que llevaba en la mano. ¿Quieres leerlo?, lo he escrito yo. Lo cogí y, mientras lo desdoblaba  -el papel que leía su compañero en clase, me dije- todas las miradas se dirigieron hacia mí. Comencé a leer. Léelo en alto, dijo alguien, lee un poco. Dejé el papel boca abajo encima de la mesa y seguí con mis correcciones. No había mirado ni un par de ejercicios cuando volví a coger el papel. ¿De verdad lo has escrito tú? Sí, claro. ¿Desde cuándo escribes? Desde hace mucho. Volví  a soltar el papel y a enfrascarme en el siguiente ejercicio. Al momento volví a la carga. Tengo que reconocer, dije, que si has sido capaz de escribir este texto, igual podrías hacer poesía sobre el amarillo de los limones o sobre las conchas de los caracoles. Me gusta la poesía, dijo. Miré de nuevo aquel papel: ¿quién es Dulcinea? No sé, son cosas que me suenan. ¿Y Martín Artajo? Yo qué sé, me sale así, de dentro. Carcajada. Por eso aprecio lo que has escrito, porque te sale de dentro. Carcajada. Ve a Conserjería a que te hagan una copia, que lo quiero leer luego más tranquilamente. Y como veo que tienes talento te encargo que escribas otra poesía y me la enseñes.

Al día siguiente al pasar por su lado le pregunté ¿cómo va esa inspiración, has escrito ya alguna otra poesía? No, todavía no, lleva tiempo. Pues ya puedes espabilar porque el talento hay que cultivarlo, si no, se pierde. ¿Y te llevaste la poesía a tu casa?, me preguntó.  Sí, claro, no huele. Risas.

Yo en principio me lo creo todo, pero Sangoogle sabe mucho, y Alejandro va a ser poeta porque lo digo yo.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Old Hag Syndrome

The Nightmare. Henry Fuseli (1781)
Estábamos en un sitio alejado de la urbe, rodeado de montículos pelados, feos a la vista. La situación recordaba a aquella historia de Agatha Christie en que un grupo de personas se encuentran en un lugar aislado, desconectado del resto del mundo. La tarde en que llegamos el silencioso lugar se fue impregnando de un bullicio alegre y chisporroteante a medida que los nuevos visitantes, en su mayoría adolescentes en ciernes, se iban incorporando a aquel espacio y ocupaban las diferentes estancias. Durante días el paisaje sería el mismo y, sin tardar mucho,  se irían definiendo las relaciones entre las partes puesto que el recorrido era corto en los alrededores. En la planta baja, unas mesas frente a un ventanal servirían como lugar de trabajo o punto de encuentro según la hora del día. El paso por allí era inevitable, ya se bajara por el ala izquierda o derecha de las escaleras.

Durante los primeros días, Ernesto pasaba ante nosotros sin atreverse a unirse al grupo, como si necesitara una señal que le autorizara a hacerlo. Era un tipo serio, responsable y preocupado por que no hubiera contratiempos desagradables. Aquel día volvía de hacer deporte, llevaba una botella de agua en la mano y parecía dispuesto a darse un respiro. Con la excusa de comentarnos cualquier cosa tomó asiento y se unió a nuestra conversación. Después de dos meses y medio encerrado entre aquellas paredes con la única compañía de las personas que trabajaban a su cargo -ya compañeros y amigos- era comprensible que le apeteciera intercambiar impresiones con unos recién llegados a los que no conocía de nada. Ya contaba los días para que terminara aquel enclaustramiento que le absorbía su tiempo casi por completo. Los sábados, cuando podía, se marchaba lejos para recuperar la energía perdida durante la semana y no volvía hasta la tarde del domingo en que reanudaba su trabajo. Y en determinado momento nos habló del miedo que le había tenido atenazado durante mucho tiempo.

La primera vez que le sucedió estaba en casa de unos amigos. Se quedó dormido en el sofá y, al despertar, le fue imposible mover un solo músculo. Aquel estado de inmovilidad, del que fue plenamente consciente, duró unos minutos, intervalo en que no le fue posible articular palabra y el miedo a no poder moverse nunca más le dejó aterrorizado. Cuando su cuerpo recuperó el movimiento no se atrevió a contárselo a nadie, pensó que le tomarían por loco y su angustia creció ante la incertidumbre de tener alguna enfermedad incurable cuyos síntomas podrían volver a manifestarse en cualquier momento. Los episodios siguieron sucediéndose de forma esporádica, principalmente en épocas de mucho estrés.
La Pesadilla. Eugène Thivier (1894)
Old Hag Syndrome -Síndrome de la Vieja Bruja-  no es otra cosa que lo que se conoce como Parálisis del Sueño y se produce durante la fase de sueño REM.  Más concretamente, el EEG de estos episodios muestra una actividad cerebral donde se da mezcla de los estados de sueño y vigilia, y suelen ir acompañados de alucinaciones visuales, auditivas y táctiles, fundamentalmente, aunque pueden estar involucrados otros órganos sensoriales. Pueden suceder en la transición de la vigilia al sueño -alucinaciones hipnagógicas- o en el proceso del sueño a la vigilia –alucinaciones hipnopómpicas.

La primera experiencia de Parálisis del Sueño fue descrita por el médico holandés Isbrand van Diemerbroeck, quien en 1664 publicó un libro de casos que incluía una historia titulada Of the Night-Mare, que constituye la primera descripción detallada de parálisis del sueño acompañada de  alucinaciones hipnagógicas.

Henry Fuseli, en el cuadro The Nightmare (1781) representa a la perfección las sensaciones que padecen estos despiertos soñadores. Se percibe una presencia que observa de forma amenazadora con intención de atacar. El pánico se desata cuando el sujeto siente una presión en el pecho, como si alguien le sujetara o quisiera estrangularle, que le deja inmovilizado y sin capacidad para poder gritar o articular palabra.

Guy de Maupassant también fue presa de estos maléficos sueños y, como Ernesto, en principio calló por miedo,  pero fue el propio miedo lo que le llevó a investigar y a poner su miedo en palabras, lo cual hizo magistralmente en su historia Le Horla (1887):

I sleep -for a while- two or three hours -then a dream -no- a nightmare seizes me in its grip, I know full well that I am lying down and that I am asleep . . . I sense it and I know it . . . and I am also aware that somebody is coming up to me, looking at me, running his fingers over me, climbing on to my bed, kneeling on my chest, taking me by the throat and squeezing . . . squeezing . . . with all its might, trying to strangle me.
 
I struggle, but I am tied down by that dreadful feeling of helplessness that paralyzes us in our dreams. I want to cry out -but I can't. I want to move -I can't do it. I try, making terrible, strenuous efforts, gasping for breath, to turn on my side, to throw off this creature who is crushing me and choking me -but I can't! 

Then, suddenly, I wake up, panic-stricken, covered in sweat. I light a candle. I am alone.

                                                                 Guy de Maupassant. Le Horla.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Volver

Lo dijo y se marchó. Para ella no había elección. Se fue con el dolor de dejar su casa, sus amigos, su trabajo, su entorno, pero así lo prefirió. Mucho mejor así que la incertidumbre de qué pasará o la intranquilidad de que fuera necesaria su presencia mientras se encontraba a kilómetros de distancia. Además, la situación había ido cambiando con el paso del tiempo. No le había importado conducir una buena tanda de kilómetros cada fin de semana pero aquello ya no era suficiente, sabía que su presencia era cada vez más necesaria. Tomada la decisión, realizó las gestiones oportunas en el trabajo  y preparó la maleta. La llenó solo con ropa de temporada porque volvería de vez en cuando para dar una vuelta a la casa y regar los tiestos. Además, ese ir y venir le vendría bien para cambiar de aires cada cierto tiempo.  Se fue tranquila pero desde el momento de su marcha visualizaba con claridad un momento del futuro que le dejaba el alma cautiva de desasosiego porque no había lugar para la duda. Lo dijo en más de una ocasión: me voy pero temo volver por lo que significa, es durísimo. Y llegó el momento de volver.