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viernes, 12 de diciembre de 2014

ESO es poesía

Sostenía la hoja de papel en la mano de forma ostensible. Aquello era una novedad así que no dije nada.  Mientras leyera con tanto interés daría un respiro a los compañeros sentados delante y detrás de él, y a mí también, dicho sea de paso. Al cabo de un rato me había olvidado de aquel papel pero volvió a adquirir protagonismo justo en la guardia que tuve con ellos en la hora siguiente. Les di el trabajo que tenían que hacer y  saqué un taco de exámenes que había llevado para corregir. Acababa de empezar cuando Alejandro se acercó a mí. Alejandro es un chico inquieto, atento a lo que pasa a su alrededor y en el meollo de los asuntos cuando los hay y, ese día, lo había.  Es resultón, tiene unos espabilados ojos verdes que miran la vida con curiosidad y una raya haciendo eses le divide el pelo mojado y repeinado en dos partes desiguales. Las pecas dicen todo lo demás.

Como decía, se acercó a mí mostrándome algo que llevaba en la mano. ¿Quieres leerlo?, lo he escrito yo. Lo cogí y, mientras lo desdoblaba  -el papel que leía su compañero en clase, me dije- todas las miradas se dirigieron hacia mí. Comencé a leer. Léelo en alto, dijo alguien, lee un poco. Dejé el papel boca abajo encima de la mesa y seguí con mis correcciones. No había mirado ni un par de ejercicios cuando volví a coger el papel. ¿De verdad lo has escrito tú? Sí, claro. ¿Desde cuándo escribes? Desde hace mucho. Volví  a soltar el papel y a enfrascarme en el siguiente ejercicio. Al momento volví a la carga. Tengo que reconocer, dije, que si has sido capaz de escribir este texto, igual podrías hacer poesía sobre el amarillo de los limones o sobre las conchas de los caracoles. Me gusta la poesía, dijo. Miré de nuevo aquel papel: ¿quién es Dulcinea? No sé, son cosas que me suenan. ¿Y Martín Artajo? Yo qué sé, me sale así, de dentro. Carcajada. Por eso aprecio lo que has escrito, porque te sale de dentro. Carcajada. Ve a Conserjería a que te hagan una copia, que lo quiero leer luego más tranquilamente. Y como veo que tienes talento te encargo que escribas otra poesía y me la enseñes.

Al día siguiente al pasar por su lado le pregunté ¿cómo va esa inspiración, has escrito ya alguna otra poesía? No, todavía no, lleva tiempo. Pues ya puedes espabilar porque el talento hay que cultivarlo, si no, se pierde. ¿Y te llevaste la poesía a tu casa?, me preguntó.  Sí, claro, no huele. Risas.

Yo en principio me lo creo todo, pero Sangoogle sabe mucho, y Alejandro va a ser poeta porque lo digo yo.

viernes, 28 de febrero de 2014

¿Un caso de histeria colectiva?

Todo comenzó cuando unos cuantos alumnos de segundo curso de ESO entraron en la clase al borde del síncope. Como  siempre me demoro al finalizar las clases, ellos saben que si se dan prisa, aún me encuentran en el aula y pueden dejar las mochilas para disfrutar plenamente y sin estorbos del rato del recreo.
En esta ocasión, el grupo que entró estaba muy alterado y, nada más llegar, en lugar de dirigirse a sus respectivos asientos para dejar sus cosas, se arremolinó a mi alrededor impaciente por contarme algo. Según Carla, quien empezó a hablar en un tono bastante elevado al tiempo que gesticulaba con ambas manos, había ocurrido algo de gran trascendencia que yo debería saber porque había razones de peso para pensar que iba a tener consecuencias directas, si no desastrosas, en el desarrollo de la siguiente clase, que era la mía, y como yo solía enfadarme cuando hablaban mucho, ya me avisaban de que estuviera preparada porque el asunto no era para menos. 
Mientras intentaba ubicarme en aquel drama sobre el que todos tenían alguna opinión, llamó mi atención el llanto de Cati, una alumna recién incorporada al centro que permanecía de pie a unos pasos del grupo de alumnos que me hablaba. Incontenibles lágrimas corrían por sus mejillas. Alarmada, pregunté que qué le pasaba  e hice ademán de acercarme a ella, pero los demás, hablando al unísono, se apresuraron a comentar que no era la única, que había más alumnos que habían llorado y estaban muy nerviosos, y querían saber cuál era mi opinión de todo aquello y si yo creía que era justo, porque desde luego ellos no veían la justicia por ninguna parte.
Había sucedido en la clase anterior y temían que nadie aprobaría la materia de Lengua si no se hacía algo al respecto. La profesora se había enfadado tanto que había dicho que si aquello no se aclaraba, el examen que tenían al cabo de dos días sería dificilísimo y, por si fuera poco, no pensaba darles clase en lo que quedaba de curso. Y esto último lo subrayaron como un caso insólito y sin precedentes en su trayectoria académica. Tal era la desazón que tenían.
 Cuando ya se marcharon al recreo y cerré el aula, por casualidad me crucé con la tutora. Había estado con ellos toda una hora sin terminar de aclarar el entuerto. También me crucé con la profesora, quien me expresó su malestar por lo sucedido.
A pesar de los pesares, tengo que decir que su inquietud se mezclaba con un elevado grado de excitación que les mantenía expectantes. Se trataba de una situación extraordinaria en un contexto donde habitualmente no pasa nada más que lo esperable. Me los imaginaba llegando a casa desbordados por la impaciencia de contar lo acontecido aquél día, algo que recordarían no ya por el hecho en sí, sino por las sensaciones experimentadas.
Quizá fuera por esa posible alarma innecesaria que podría alcanzar a las familias, que durante la clase se presentó el jefe de estudios, ahíto por haber subido tres pisos prácticamente de tres zancadas, para tranquilizar a los alumnos: la profesora de lengua había dicho que el examen no iba a ser difícilísimo, sería "normal", podían estar tranquilos, y además, seguiría dándoles clases de lengua.
  Y cuando acabó mi jornada me fui a casa sin saber a quién de todos ellos le había vibrado el móvil durante la clase de lengua.