domingo, 25 de mayo de 2014

Fútbol


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Gracias, María.
Empiezo esta entrada dándole las gracias a María por este regalo. Aún no he leído nada de esta mujer -Carol Shields- pero los libros son así, desbordan sabiduría, paciencia y siempre están dispuestos a sorprenderte con la disposición de sus letras y palabras y a éste además se le salen los tulipanes de las páginas. La foto es preciosa y estos son mis tulipanes de este año, puesto que no ha habido otros. Los que nacieron la primavera pasada los metí en la nevera pero cogieron humedad y se perdieron. 
Y diréis que por qué esta entrada lleva el título de fútbol. Pues porque ayer hubo fútbol, jugó el Madrid y ganó el Madrid. 
Como no me gusta el fútbol, quedé con una amiga en Madrid. Pero no hubo forma de obviarlo, imposible, todo desprendía fútbol y sobre todo, la Puerta del Sol. ¡Qué nombre tan bonito para estropearlo con camisetas futboleras!
Y no hubo forma, no, a la hora del fútbol las calles se quedaron muy despejadas pero ya cansadas, nos sentamos en una terraza cerca de la Plaza de Oriente y, por supuesto, tuvimos que ver fútbol. Allí estábamos cuando empataron, con dos amigas de mi amiga que nos habíamos encontrado por el camino. Se acabaron las palabras, ya solo hubo gritos. En fin, qué más decir. Hoy Cañete.

miércoles, 23 de abril de 2014

Historias de libros y libros con historias.


Haciendo honor al día del libro me apetece contar algo sobre él. Pues bien, resulta que una de las funciones que los profesores tenemos en nuestro horario es la atención a la biblioteca del centro. A diferencia del curso pasado, en que varios miembros del Departamento teníamos asignada una hora de atención a la biblioteca, este curso escolar tengo yo el monopolio entero, una hora a la semana. A principio de curso, la encargada de la biblioteca nos informó de las tareas a realizar y, si antes le tocó el turno a comprobar los libros existentes y liberar los registros de libros perdidos, ahora tocaba terminar lo pendiente y colocar y ordenar los libros en nuevos estantes.  Pero como veréis en seguida, una sencilla tarea como la que describo, puede ser no apta para claustrofóbicos en baja forma física.

La biblioteca es amplia, soleada y siempre mantiene un ambiente cálido, porque el sol entra por unas ventanas u otras dependiendo de la hora del día. Un premio gordo. Justo al entrar hay un rectángulo de dobles mesas con ordenadores para uso de los alumnos y, en un lateral, entre las mesas y la hilera de armarios con libros, se forma un estrecho pasillo. Pues ahí mismo, justo en ese estrecho pasillo es donde se encuentra el meollo de inglés. ¿Y cuál es el problema? Pues veréis. Cada vez que me pongo a la tarea, tengo que abrir las hojas de cristal que están cerradas con llave y, cuando lo hago, quedo como si yo misma estuviera dentro de un armario. Como las puertas están un poco desencajadas, no abren del todo y tengo que forzarlas ese pelín que hace que se abran más de lo que deberían. Es así, o ellas, o yo, porque tampoco se quedan quietas, se vencen hacia mí. Y no, no se pueden mover las mesas de los ordenadores para hacer más espacio porque, uno, está todo lleno de regletas y enchufes y dos, taparíamos la entrada a la biblioteca.

Mi función es clasificar los libros y colocarlos en el estante de literatura americana o literatura inglesa y supongo que no os sorprenderéis si os digo que esas dos baldas son exactamente las dos más cercanas al suelo. ¿Me estáis viendo? ¿Me podéis ver colocando libros en la última balda, entre las dos puertas de cristal? Pues si alguien entra, desde luego no lo tiene fácil para encontrarme.  Todo se reduce a un buen ejercicio de piernas y contorsionismo dentro de ese estrecho habitáculo donde la movilidad es muy reducida: arriba, abajo, delante, detras. Cojo un montoncito para clasificar, lo dejo como puedo en un hueco de la mesa de uno de los ordenadores, alargo la mano, cojo uno, si pertenece a la balda de arriba, me levanto, si es de la de abajo, me acuclillo, si no es de ninguna de las dos no sé qué hacer con él.

Terminar las dos baldas me dejó muy satisfecha. Ya solo me quedaban los libros de lecturas graduadas. Perfecto, están en una balda de altura media a la que llego de pie. Estupendo. Están por colorines, así que los puedo colocar a puñados pero, un momento, ¿y esa balda de arriba? ¿y la de debajo de los colorines? ¿todo eso también está manga por hombro? Tengo que tirar de silla, tengo que verlo, me subo, cojo un montón, todo está mezclado, sigo colocando en las baldas anteriores lo que corresponde y cuando no cabe sigo con la nueva. Subo y bajo de la silla una y otra vez. Cuando la balda alta se va llenando a la mitad me asusto, se mueve. Ahora entiendo por qué los libros estaban colocados en la parte delantera de ésta, falta un soporte al fondo y se vence. O espabilo o se me vuelca la balda cercana al techo sobre la de los colorines. Los agarro y los acerco. Suena el timbre de la siguiente hora de clase.

Y entre subir y bajar me encontraba con aquellos libros que me sugerían: este, igual para MAE, este para…porque ahora sé lo que hay y dónde está todo, y para el trayecto del curso de pintura encontré una joya. Un libro viejo, manoseado, con las hojas amarillas, captó mi atención: “Recollections. Ten stories on five themes”. La primera historia, “Through the Tunnel” era de Doris Lessing. Empecé a leerla en el trayecto de ida y me cautivó. Después del curso me pasé por el Jardín Botánico para ver qué había florecido. La historia de Jerry me había dejado tan intrigada que, tan pronto como encontré un banco al sol, saqué el libro y reanudé la lectura interrumpida. Ensimismada, me metí en el pellejo del muchacho, y su angustia me hacía sentir el fresco de la sombra al alcanzarme. Jerry avanzaba y yo recolocaba mi posición al sol, como si la calidez de sus rayos sirvieran también para darle fuerzas… Y cuando terminé de leer su historia, ya me encontraba en el extremo del banco.

Aún hay más, una serie de preguntas al final de cada historia nos invita a releerla, a fijarnos en detalles que podrían habernos pasado desapercibidos, a reflexionar sobre los sentimientos de cada uno de los personajes, a descifrar lo que no es explícito. Lo que decía, una joya. Estoy deseando leer lo que tienen que decir Susan Hill, Denys Val Baker, John Wain, Roald Dahl, John Steinbeck, Lesley Rowlands, Alan Paton, James Joyce y Katherine Mansfield.

Y para vosotros, rosas.

viernes, 11 de abril de 2014

A la playa


"My life is like a stroll on the beach...as near to the edge as I can go"
Thoreau.
Resumo: siempre al borde. 
Añado: los bordes que más me gustan son los de tierra y agua. Otros bordes...quedan orillados.

Y que luzca el sol...

viernes, 28 de febrero de 2014

¿Un caso de histeria colectiva?

Todo comenzó cuando unos cuantos alumnos de segundo curso de ESO entraron en la clase al borde del síncope. Como  siempre me demoro al finalizar las clases, ellos saben que si se dan prisa, aún me encuentran en el aula y pueden dejar las mochilas para disfrutar plenamente y sin estorbos del rato del recreo.
En esta ocasión, el grupo que entró estaba muy alterado y, nada más llegar, en lugar de dirigirse a sus respectivos asientos para dejar sus cosas, se arremolinó a mi alrededor impaciente por contarme algo. Según Carla, quien empezó a hablar en un tono bastante elevado al tiempo que gesticulaba con ambas manos, había ocurrido algo de gran trascendencia que yo debería saber porque había razones de peso para pensar que iba a tener consecuencias directas, si no desastrosas, en el desarrollo de la siguiente clase, que era la mía, y como yo solía enfadarme cuando hablaban mucho, ya me avisaban de que estuviera preparada porque el asunto no era para menos. 
Mientras intentaba ubicarme en aquel drama sobre el que todos tenían alguna opinión, llamó mi atención el llanto de Cati, una alumna recién incorporada al centro que permanecía de pie a unos pasos del grupo de alumnos que me hablaba. Incontenibles lágrimas corrían por sus mejillas. Alarmada, pregunté que qué le pasaba  e hice ademán de acercarme a ella, pero los demás, hablando al unísono, se apresuraron a comentar que no era la única, que había más alumnos que habían llorado y estaban muy nerviosos, y querían saber cuál era mi opinión de todo aquello y si yo creía que era justo, porque desde luego ellos no veían la justicia por ninguna parte.
Había sucedido en la clase anterior y temían que nadie aprobaría la materia de Lengua si no se hacía algo al respecto. La profesora se había enfadado tanto que había dicho que si aquello no se aclaraba, el examen que tenían al cabo de dos días sería dificilísimo y, por si fuera poco, no pensaba darles clase en lo que quedaba de curso. Y esto último lo subrayaron como un caso insólito y sin precedentes en su trayectoria académica. Tal era la desazón que tenían.
 Cuando ya se marcharon al recreo y cerré el aula, por casualidad me crucé con la tutora. Había estado con ellos toda una hora sin terminar de aclarar el entuerto. También me crucé con la profesora, quien me expresó su malestar por lo sucedido.
A pesar de los pesares, tengo que decir que su inquietud se mezclaba con un elevado grado de excitación que les mantenía expectantes. Se trataba de una situación extraordinaria en un contexto donde habitualmente no pasa nada más que lo esperable. Me los imaginaba llegando a casa desbordados por la impaciencia de contar lo acontecido aquél día, algo que recordarían no ya por el hecho en sí, sino por las sensaciones experimentadas.
Quizá fuera por esa posible alarma innecesaria que podría alcanzar a las familias, que durante la clase se presentó el jefe de estudios, ahíto por haber subido tres pisos prácticamente de tres zancadas, para tranquilizar a los alumnos: la profesora de lengua había dicho que el examen no iba a ser difícilísimo, sería "normal", podían estar tranquilos, y además, seguiría dándoles clases de lengua.
  Y cuando acabó mi jornada me fui a casa sin saber a quién de todos ellos le había vibrado el móvil durante la clase de lengua.

sábado, 15 de febrero de 2014

Una nueva experiencia

Nunca sabes lo que te puede pasar en esta profesión y aunque me pasó a mí, no me enteré hasta un buen rato después. Tenía examen con mis alumnos de bachillerato y nada auguraba la situación desconcertante en que me iba a encontrar un poco más tarde. Tras entregar el examen a unos cuantos alumnos llegué hasta una alumna que miraba atentamente el despliegue de apuntes que tenía sobre su mesa. Antes de darle la hoja de examen le pedí que retirara todo aquello pero ella hizo caso omiso a mi advertencia y ni siquiera levantó la vista. Tras Insistir en que guardara todo, siguió en la misma posición, ni se inmutó. Mi tercera intervención fue para decirle que le iba poner un parte. Entonces reaccionó. Omito parte de su actuación. Sólo diré que salió dando un portazo.

Pasados unos treinta minutos retiré el examen de su mesa pensando que, aunque subiera, ya no le daría tiempo a hacerlo. Y todavía no entendía su tardanza. Un minuto después de sonar el timbre, cuando todavía quedaban alumnos haciendo el examen, abrió la puerta con ímpetu, recogió sus cosas y salió sin decir palabra, esta vez dejando la puerta abierta de par en par. “Esto es educación”, dije en voz alta.

Cuando tuve oportunidad pasé por Jefatura para averiguar por qué la alumna no había regresado a clase. Le habían dicho que volviera e ignoraban que no lo hubiera hecho. También pude contrastar su versión de éste y otros hechos que, de paso, había relatado sobre nuestra convivencia académica. Y de repente creí entenderlo: no quería hacer el examen ese día. Aunque pasa de los veinte, su presencia se deja sentir en cada clase, y no precisamente por su implicación en lo que allí acontece sino más bien por su interés y esfuerzo en que no le “acontezca” a nadie. Me venían a la mente todos aquellos apuntes con su letra. Eso es, había estudiado, esta vez sí, no tiene un pelo de tonta, pero no tenía claro que fuera suficiente. Ella estaba segura de que yo no dejaría de examinarla y hasta la siguiente clase ganaba dos días.

Yo estaba en una guardia y me quedaba otra. ¿Había tiempo? Sí. El Jefe de Estudios fue a buscarla y la llevó a la biblioteca. Le dije donde sentarse y le entregué el examen. Esta vez fui yo quien no la miró ni una sola vez.

Y a pesar de todo, no pude evitar sentir que había jugado con ventaja.

sábado, 4 de enero de 2014

Two thousand and fourteen words



 Two thousand and fourteen words
 (Dedicada a todo el que pase por aquí)

Rhyme, rhyming words,
cheerful rhyme and dance
dressed in sailor suits
or disguised in the solitude of the night,
two thousand and fourteen words
waiting for a ball of sea and dusk.

Hundreds of rhyming words
enjoying as they softly dance
while hiding cold shadows in the dark
while waking the echo of the sea sand
whispering verses to the far away stars.

Two thousand and fourteen words
leaving neverending rhyming verses behind.
 
Hoy me he sentado al calor de mi mesa camilla toda decidida a escribir algo y después de varios intentos que si en castellano que si en inglés, ha sido la poesía la que me ha llevado de la mano. Pido disculpas si hay errores en mi lengua inglesa. Hay que tener en cuenta que no soy bilingüe y estoy en proceso de aprendizaje permanente. Ya necesito curso de verano. A ver si me toca.

martes, 31 de diciembre de 2013

Lo dijo Blas, punto redondo.


(Foto de Internet)
Voy a desearos una feliz salida y entrada de año con un poema:

SERENIDAD 
(Blas de Otero)

Serenidad, seamos siempre buenos
amigos. Caminemos reposada-
mente. La frente siempre sosegada
y siempre sosegada el alma. Menos

mal que bebí de tus venenos,
inquietud, y no me supiste a nada.
El aire se serena, remansada
música suena de acordes serenos.

No moverán la hoja sostenida
con mis dedos, a contra firmamento
en medio del camino de mi vida.

Vísteme de hermosura el pensamiento,
serenidad, perennemente unida
al árbol de mi vida a contra viento.


A mí me parece un poema precioso. Que el 2014 venga cargado de serenidad, y que la serenidad nos lleve a la reflexión y a la paz para todos.