miércoles, 29 de junio de 2011

Complejidades


Allí estaba, de pie, entre papeles desperdigados esperando a ser colocados. Mientras abría la carpeta de la tutoría, dispuesta a sacar más papeles, recordé lo acordado en la última reunión de departamento: había que estar tres horas para reclamaciones. Había sugerido turnarnos y avisarnos si había algún problema. No, teníamos que estar allí físicamente. Y allí estaba yo, cumpliendo lo acordado; alguna de mis compañeras ni siquiera había pasado por el centro, el resto solo un rato para justificar su presencia. ¿Por qué esa insistencia en decir una cosa y hacer otra diferente?

No, esto lo tiro, ya lo dije: hay que pasar al siguiente tutor la información relevante, no la prejuiciosa que predisponga en ningún sentido hacia el alumno, los alumnos cambian y tenemos que darles la oportunidad de que lo hagan, nuestras impresiones de ellos son muy diferentes según qué profesores.

Todos estos cuestionarios a la basura. Qué gracia me hizo leer algunos de sus comentarios, tendían a escribir lo que creían adecuado, no lo que pensaban. Ni siquiera el anonimato les convenció de ser completamente sinceros, sabían que la letra los delataba. Otros sí, en la sinceridad de sus palabras se leía la esperanza de alcanzar solución a los problemas que planteaban.

Volviendo a lo anterior, a veces me parece moverme en una especie de esquizofrenia verbal con ciertas personas, el tema de las reclamaciones rápido trajo a mi mente otro momento del curso escolar en que había que nombrar un tutor para el ayudante Comenius. Ninguna de mis compañeras de plantilla quería serlo porque, según dijeron, era un marrón. Como era un marrón me ofrecí a serlo –yo había sido la primera tutora de Comenius- pero al decirlo resultó que ya estaba cumplimentado el formulario del programa con otro nombre. Pedí las claves y me ofrecí a cambiarlo yo misma, pero la cuestión es que no había ninguna intención de cambiarlo. A la interesada no le quedó más remedio que manifestar su interés y, llegados a ese punto, pedir mi aprobación.

Algo parecido sucedió con el nombramiento de la jefatura, no hubo candidatos hasta que dije que, si no había interesados, a mí no me importaba, entonces resultó que los había. De traca el temita.

Seguí archivando y tirando papeles mientras pensaba que era posible que yo fuera de otro planeta porque me es difícil estar a la altura de estas situaciones; la disonancia es tan acusada que llega un momento en que me quedo sin palabras y necesito rebobinar mentalmente para comprobar que lo he escuchado todo, y bien, que no he tenido un lapsus ni he pasado nada por alto (ni por bajo tampoco), dudo si pellizcarme pero lo descarto rápido porque durante esta regresión mental, que dura un segundo -lo justo para un ¿eh?-, veo claro en las caras ajenas que no ha habido lapsus que valga, que el ser humano es complejo y que la complejidad es más compleja con dos que con uno porque tienen que ponerse de acuerdo. Si ya es complicado decir que no quieres algo queriéndolo, más complejo aún es hacer creer al otro que no quieres algo e intentar vendérselo como un marrón para conseguirlo además con aplausos. ¡Ostras! ¡Eso ya es de nota! Me dio la risa al pensar en la ventaja de tener que ponerse de acuerdo solo con uno mismo y actuar sin ideas preconcebidas y los belenes que se montan como consecuencia.

Aunque sea consuelo de tontos, cuando lo cuento no solo no sorprende sino que también me cuentan y me cuentan… Y sigo con mis papeles mientras pienso en la complejidad del ser humano, sus motivaciones, sus intereses, sus formas… ¿Por qué? Pienso en la próxima reunión y sonrío porque ¡no sé si debería llevarme pensado algo!

Espero vuestras aportaciones, yo no lo entiendo.